domingo, 3 de abril de 2011

Mou ichido aitai (2)

Tras hora y media de viaje, ella seguía sin saber a dónde la llevaba. No había logrado sonsacarle nada. Por lo que terminó resignándose. Cogió postura, cerró los ojos y escuchó la radio.
 - ¿Queda mucho? - preguntó
 - No, en un cuarto de hora o así estaremos allí - contestó, poniendo su mano derecha en la pierna de ella - no te me duermas - sonrió, mirándola de reojo.
Ella negó con la cabeza, acompañado de un pequeño sonido. Él suspiró. Poco después.
 - Hemos llegado - informó.
Ella abrió los ojos suavemente, se encontraban aparcando por lo que no pudo averiguar mucho. La noche había caído. Al salir del coche  una suave brisa la arropó. El olor del mar llegó a ella. Se giró a mirarle. Estaba sacando algunas cosas del maletero, una vez cerrado, vio una cesta en su mano izquierda y entre ese brazo y su cuerpo unas toallas. Se dirigió a él y le cogió las toallas. Entonces él la dirigió una sonrisa y la cogió de la mano.
Su olfato no la engañó, se dirigían cuesta abajo a la playa. Pudo ver el azul intenso del mar. Al llegar abajo, extendió una de las toallas.
-    Iré a buscar algo para una hoguera – dijo en entonces
-   No, no lo hagas – le detuvo – Prefiero estar así, por favor
El chico no pidió más explicaciones. Simplemente se detuvo, tal y como ella le había pedido.
  - Esta bien. Voy a preparar las cosas para que comas algo.
Mientras él se disponía a ello, la chica corrió a la orilla del mar una vez descalza. Metió los pies en el agua salada del mar. La brisa azotaba su pelo, ahora suelto. Cerró los ojos y respiro hondo, dejando así que el oxígeno inundara sus pulmones. Aire limpio. Aire puro. Aire refrescante. Pero esa sensación a la vez, la transmitió melancolía. Tristeza. Sin poder evitarlo, dos lágrimas resbalaron por sus mejillas. Y antes de darse cuenta caían una detrás de otra. Se llevo las manos a la cara, y se dejo caer de rodillas. Gritó con toda la fuerza que pudo. El aire de sus pulmones la desgarraba por dentro al salir.
No supo cuando, ni como, él se había acercado tanto como para estar ya entre sus brazos, agarrada a su camiseta como si fuera a marcharse, y su cara escondida en su hombro. El chico la tenia abrazada con un brazo a media espalda, con la mano libre acariciando su pelo, y su barbilla apoyada en su cabeza.
 - Lo siento yo...- murmuró entre sollozos
 - Tranquila, pequeña - la tranquilizó - todo está bien - añadió mirándola
Al sentir su mirada sobre ella, levantó la cabeza para chocarse con aquellos ojos claros que tanto amaba. Él, separándose un poco de su abrazo, se agachó hasta sus mejillas y se llevo con sus labios aquellas gotas saladas que resbalaban por su rostro. Para después rozar sus labios con dulzura. Se levanto con ella entre sus brazos y la llevó hasta la toalla.
Aún con ella en brazos, se acomodó en la toalla sentándola entre sus piernas. Sintió como ella se aferraba más a su camiseta y temblaba. Cogió la otra toalla, pasándola por detrás de él y cerrándola entorno a ella. La dejo estar así, en silencio los dos, hasta que se calmo. Observó como la luna empezaba a alzarse ante ellos, así que habló
-   Mira al cielo – susurró
Ella aún sin soltarle, y sin separarse del chico, giró la cabeza para observar el cielo tal y como él le había dicho. Contempló como la luna se alzaba ante ellos. Impotente. Brillante. Llena. Se giró a mirarle. No pudo evitar sonreír al verlo observando la luna. Sus ojos brillaban tanto o más que ella. Aquello la invadió de felicidad. Pensó en la suerte que tenía al poder ver aquellos ojos claros cada mañana al despertarse, de poder estar entre sus brazos, de que ella fuera la dueña de sus caricias, de sus besos. Lo abrazó con toda su fuerza. El moreno, al sentir aquel abrazo, la miro sorprendido, y la separó con suavidad de él. Sus ojos chocaron con las pupilas verdes de ella, tapadas por algún mecho de su pelo. Con su mano derecha apartó aquel mechón dejando su mano en la cara de ella, cogiéndola también con la otra. Ella llevo sus manos hasta las suyas para acariciarlas. Se puso de rodillas, le beso en los ojos, en ambas mejillas, y acabo atrapando sus labios con los suyos. Haciendo malabares para no dejar sus labios, él la recostó y se posicionó al lado de ella. Bajó por su cuello dejando un reguero de besos. Mientras, ella, le abrazaba por la cintura, metiendo sus manos por debajo de su camiseta. Ambos se dejaron llevar por el amor que les inundaba hacia el otro, siendo testigo de éste la brillante luna y el inmenso mar.

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