Inmediatamente después de la ducha, encendió un cigarrillo. Su pelo estaba más mojado que húmedo, por lo que empapaba la toalla que tenía cubriéndola. Pero a esas alturas todo la daba igual. Casi nada, por no decir nada, merecía la pena.
Llevaba casi cuatro desde aquello y nada había sido igual. Reía por reir, oía sin escuchar, miraba sin ver. Los días eran largos y pesados. Las noches, infiernos continuos; las pesadillas no dejaban de aparecer a su antojo.
Dejó escapar la nicotina de sus pulmones, de la última calada que había dado. Se acercó a la ventana y apoyó su codo en el alfeifar, al tiempo que su mano hacia de apoyo a su cabeza.
Si nunca había significado nada, eso ahora, no cambiaría.
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